Atacama

    —No hay nada más allá de esto— pienso mientras la inmensidad del universo me aplasta—No hay nada más.   

    Las constelaciones más familiares se difuminan en el brillo de fondo de una multitud de estrellas desconocidas, nunca vistas antes. Este cielo parece un resplandor salpicado de puntos negros.

Pasan las horas ligeras, como el viento que barre el desierto, por momentos, a lo lejos. La Cruz del Sur se eleva entonces desde el sureste, indicando infalible el centro del gran reloj cósmico. Luego es la Vía Láctea la que se alza imponente, como majestuosa columna sosteniendo el templo del cielo.   

     Somnoliento, me desperezo y, seguro de que la bóveda celeste se sostendrá por sí misma, me pongo de cuclillas a explorar las rocas, en busca de una superficie donde echar los huesos por esta noche. 

Mis párpados empiezan a deslizarse sobre las córneas húmedas. Echado boca arriba, hipnotizado por la magnificencia de este espectáculo celeste, me siento como si estuviera flotando en el espacio.

    —Atacama no pertenece a la piel de la Tierra— pienso al percibir el alarido del viento engullido por llanuras y cerros interminables, dibujados en la luz de las estrellas, disecados en un tiempo sin historia, sin principio ni fin.

Enormes espacios que ni el viento ni la mente pueden llenar.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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