El ejército de hielo

Vengo marchando exhausta, pero triunfante, convencida de haber ganado la guerra, cuando me topo de frente con el ejército enemigo. Son kilómetros de tropas compactas, impenetrables. Son cientos de miles de soldados firmes, que me observan implacables desde su álgida inmovilidad. Son los penitentes, los temibles guerreros nacidos de la sublimación de la nieve en las grandes alturas andinas.

Mis piernas ceden.  Apenas alcanzo a sacarme un guante, en acto de rendición.  Mis manos están congeladas, demasiado insensibles para querer empuñar las armas. Por un momento, considero la opción de capitular frente al ejército enemigo y entregarme a la Montaña.

Antes de desplomarme, alcanzo  a clavar un piolet  en el hielo, luego el otro. Me anclo, concediéndome un breve instante de tregua. Jadeante, maldigo la inutilidad de la batalla perdida del Hombre contra la Montaña. Alcanzar una cumbre es la manera más literal y menos ingeniosa de elevarse espiritualmente.

Recibo un golpe en la sien, luego en la nuca. Mis manos rodean la cabeza, como para contener la inevitable explosión. Es ahí cuando, en un inesperado relámpago de lucidez, recuerdo que soy agua. Entonces levanto un piolet y apuñalo salvajemente el hielo, para que corra la sangre enemiga, único antídoto contra el mal de altura. El agua brota súbitamente de la herida abierta en la piel del glaciar.

En un movimiento convulso, saco la botella de la mochila y procedo a recoger el líquido, tan puro que atravesaría mi cuerpo como si de un colador se tratara, casi sin ser retenido. Dejo caer al interior del recipiente una pastilla de sales minerales, minúsculas anclas de las moléculas de agua a mis células. Allá donde el aire enrarecido nunca llena los pulmones,  cada gota que se derrama por mi esófago parece desprender una energía extraordinaria, casi desproporcionada. La presión en la caja craneal disminuye, menguan las náuseas y los músculos vuelven a responder al instinto de supervivencia que me manda implacable a abrirme el paso entre las filas enemigas.

Sacudida por un viento insoportable, me paro frente al ejército de penitentes, recordando que ellos también son agua, igual que yo. Avanzo torpe, en un crujir de hielo mordido por los crampones, dando sablazos con el piolet, descabezando soldados enemigos  que, a cada paso, amenazan con quebrarme las piernas.

Finalmente, vislumbro una mancha amarilla en el costado del glaciar. Dejo a mis espaldas las tropas enemigas y caigo a los pies de mi tienda. A duras penas me despojo de las armas y prendo el hornillo para derretir un pedazo de hielo, mi preciado botín de guerra. Agua pura en la que ahora diluyo un sobre de sopa instantánea, que la alquimia de la Montaña transforma en el néctar más exquisito.

Voy sorbiendo pausadamente el líquido, inhalando sus vapores salados, llenándome de la certeza que el mundo se ve más puro desde acá arriba.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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