El paso del viento

Madre, hoy por primera vez siento en mi cuerpo el vertiginoso, incontrolable paso del tiempo. Miro tus ojos que los años han llenado de paciencia, destilada gota a gota desde el glaciar agrietado de tus sueños de juventud. Madre, veo tu rostro curtido, como la roca que cede a los altibajos de las temperaturas, desmoronándose poco a poco, de manera casi imperceptible, sin nunca alterar su majestuosa figura. Madre, hoy te veo fuerte, gigante, como una montaña. Hoy quisiera haberte escuchado más y desafiado menos.

Parece ayer cuando tenías que ir a buscarnos, a mi hermano y a mí, al gran árbol donde a escondidas construíamos nuestra morada aérea, suspendida encima de un mundo al que yo nunca he querido bajar. Casi como un ser de otro planeta, acostumbrado a caminar por otras superficies, a respirar otros aires. ¿Recuerdas mi insolencia? Cuando tú nos castigabas dejándonos sin cenar, yo te amenazaba con irme de la casa a un lugar dónde no me podrías alcanzar.

Madre, ¿te acuerdas de esa vez cuando descubriste nuestra casucha en el árbol? Nos llevamos hasta las mantas para pasar la noche allá arriba. De una rama atamos una soga con nudos, nuestra única conexión con el mundo de abajo, para mí plano y aburrido. Fuimos los reyes de todas las aves que día y noche nos visitaban. Pero mis sueños fueron más lejos y yo partí detrás de ellos, hasta la morada de los cóndores.

La alcancé y, en ese preciso instante, descubrí  la auténtica belleza del mundo de abajo, el tesoro que se esconde en los recovecos de las pequeñas cosas, invisible cuando uno observa desde el suelo. Es el sabor incomparable de una sopa humeante, la suavidad de unas sábanas limpias, el calor de un abrazo sincero, tu frágil mano entre las mías, toscas y curtidas.

Sin embargo, en este preciso momento en que quisiera bajar para contártelo todo, se me está haciendo muy difícil descender. La soga está gastada, a punto de cortarse.

Madre, ya no me quedan fuerzas. Mi vertiginosa caída por el abismo del tiempo va desacelerando, como la gota que se escurre por la piel desnuda de la montaña hasta que una ráfaga gélida la retiene. Mi  tiempo se congela ante el inexorable paso del viento.   

Madre, cuando recojas entre tus manos esta materia que un día se forjó en tu vientre, no te destroces, porque yo ya no estaré ahí. Por favor, entrega este cuerpo al fuego y, cuando las llamas hayan hecho su trabajo, devuélveselo al viento.

Madre, cuando no encuentres consuelo, sube a la montaña, sin miedo ni rencor. Yo pasaré por ahí, a acariciar tu rostro y a secar tus lágrimas. 

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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