El reloj transparente

Francisca quiere morir. Otra vez. La mirada desconsolada se le cae sobre el engranaje del reloj transparente, su favorito. Desde la inmovilidad de sus ideas estancadas, Francisca adora contemplar el rodar impasible del tiempo. Pero hoy no le quedan ganas. Se levanta, camina hacia el trastero, abre la caja de herramientas y extrae un destornillador. Examina su punta metálica. Empuña el arma, se abalanza sobre el reloj transparente, le da vuelta, lo inmoviliza y, sin piedad, clava la punta metálica en la ranura de la tapa de la pila, que cae rodando sobre la mesa y el pavimento.

Ahora que el tiempo ha muerto, Francisca va a meterle manos al gran engranaje del Mundo. Una vez más, va a intentar encajar en él, casi a la fuerza. Una vez más, se levanta, camina hacia el trastero, agarra la pesada caja de herramientas y la deja caer sobre la mesa. Ahí, su tiempo yace inerte, esperando la intervención urgente de una historia que Francisca aún no se atreve a escribir. Saca enérgicamente todos los destornilladores, los revuelve con prisa, sin encontrar el que permite abrir la tapa del engranaje. Está furiosa. Aferra el reloj transparente, su favorito, lo levanta y quiere estrellarlo contra el suelo. Acto seguido, piensa que se arrepentiría y desiste. Se vuelve a sentar y apoya una sien en la mesa, con la mirada caída sobre el magnífico engranaje sin vida. El tiempo traicionero se ha escapado del reloj y se ha escondido dentro de su cabeza.

Francisca se levanta y se dirige hacia el espejo. Contempla sus rasgos delicados y rudos a la vez, sus manos suaves y fuertes. Se desviste con rabia y observa su desnudez inmóvil, la curva de sus hombros, de sus senos, de sus piernas, la fisionomía de cada músculo de su cuerpo. Siente una fuerza incontenible que se desborda del contorno de su pequeña figura. Francisca se muere por actuar, pelear, desmontar engranajes y rearmarlos a su manera. Pero el Mundo rechaza abiertamente su energía, la mira con desconfianza y le pide delicadeza. Así pues, el Mundo de hoy tolera a las mujeres peleadoras, siempre y cuando nunca olviden que son mujeres. Siempre y cuando no pretendan medirse con los hombres.

Acorralada, Francisca empuña el arma letal de su rabia contra sí misma. En un arrebato, quiere desatornillar su cabeza del cuello, estrellarla contra el suelo y volver a armar el engranaje de su cerebro de modo que éste ruede en sincronía con el Mundo. Quiere, pero no puede. Siente que sus piernas se doblan bajo el peso inaguantable de miles de años de historia protagonizados y contados por los hombres. Historias de hombres, historias que pesan como montañas. Montañas de cumbres vetadas a las mujeres.

Otra vez, Francisca se quiere morir. Podría, pero no quiere. Como un instinto primordial y poderoso, su orgullo, instigado por la injusticia, se vuelve a erguir atrevido e irreverente, con ganas de desafiar al Mundo. Entonces el Mundo, obtuso, mediocre  e inflexible, se burla de ella, borra la “a” al final de su nombre y, en su lugar, escribe una “o”. Es una declaración de guerra.

Francisca empuña las armas: recoge sus prendas y se viste y, sin piedad, clava la punta del destornillador en la superficie de la mesa, grabando la pata curvada hacia arriba de la letra “a”. Acto seguido, recoge la pila y la vuelve a colocar en el reloj transparente, su favorito. Las ruedas del magnífico engranaje recobran vida.

Por fin, parece que los tiempos están cambiando.  

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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