El vuelo

Empiezo a correr con los brazos abiertos y siento que me elevo. Me tiro en picado por el valle. Formas y colores se fusionan y se escurren hacia atrás a toda velocidad. Ejecuto un movimiento imperceptible de las alas que me permite ganar altura y, de repente, mi horizonte se desata en la plácida y furiosa grandeza del océano. Inspiro ávido el aire salino. Vuelo, sin perder de vista el disco dorado del sol, sorteando espadas de luz y sombra que traspasan voluptuosas nubes, que a su vez van rodando despacio por la piel trasparente del cielo.

Diviso a lo lejos un ave que despega veloz de las aguas y gana altura, adelantándoseme. La sigo ciegamente, sin pensar. Siento cada una de las plumas de mis alas vibrar bajo la presión del aire y duplico el esfuerzo para mantener el control sobre cada una de ellas, para que el ave no me gane terreno.

De repente, me percato de que voy perdiendo altura, lo que me hace temer un choque inminente con la superficie del agua. Inquieto, miro para abajo y una ola de aire me embiste y rompe en una turbulencia caótica. No veo nada. Cierro los ojos y me contraigo aguantando la respiración, aguardando con horror el mortal impacto. Reboto al interior de una gran nube que me tiene prisionero durante segundos de apnea interminables, antes de dispararme hacia un lado, al vacío.

Ya no hay presión de aire que me sostenga y la fuerza de gravedad me atrae inexorablemente hacia abajo. Intento volver a desplegar mis alas sin conseguirlo. No puedo reanudar el vuelo. Miro mis brazos desnudos. La superficie del agua que se acerca vertiginosamente y sé que me voy a estrellar. Intentando aferrarme del aire. Nada que hacer. Es una muralla lisa suspendida en el cielo.

Frente a ella, cierro los ojos, inclino la frente ahora hacia abajo, pego los brazos a los costados en una impecable caída en picado. Al traspasar los últimos rayos rasantes del sol, separo nuevamente las extremidades superiores y levanto la frente, acompañando ese gesto con el resto de la columna. La velocidad, la presión y la tensión se reducen de golpe. Miro hacia un lado y el otro y veo mis alas desplegadas, majestuosas.

Como si una puerta invisible se abriese en el cielo, me deslizo a través de ella, siguiendo la carretera de luz que se dibuja en la superficie del océano, hasta que una efímera espada esmeralda traspasa el corazón del aire. Es el último rayo de sol.

Exhausto, me dejo caer sobre el pasto húmedo y cierro los ojos.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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