Juguete olvidado

Mi pequeño mundo era una esfera de plástico de unos veinticinco centímetros de diámetro en cuya superficie lisa están pintados océanos y continentes. Cuando niño, podía darle vueltas durante horas, estudiando en silencio ubicación, extensión y forma de cadenas montañosas y llanuras, selvas y desiertos, hielos y volcanes, ríos, lagos y fosas oceánicas…y un número incalculable de islas.

Mi pequeño mundo portátil posee en su interior una bombilla que, cuando encendida, permite visualizar la división política de los continentes. Me gustaba contemplarlo a oscuras porque me sentía como astronauta viendo la Tierra desde el espacio. Sin embargo, no tardaban en molestarme esas líneas divisorias artificiales.

No han pasado ni treinta años de ese entonces y casi no reconozco a mi pequeño mundo con la luz encendida. Las fronteras delimitadas por el ser humano son demasiado efímeras.

Pero ahí, en medio del Océano Pacífico, todavía puedo encontrar, algo desteñido, un pequeño punto que yo mismo marqué hace casi tres décadas con un rotulador azul. Si algunos podían repartir continentes, no hallaba razón por la cual yo no pudiera crear una isla. Mi pequeña isla, mi escondite secreto donde jugar libremente a los exploradores y a los piratas.

Es que no soportaba hacerme grande en un mundo donde ya no quedaban islas por descubrir.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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