La ventana

Me regala rayos de luz dorada al atardecer, soplos esporádicos de aire de mar y los gritos estridentes de las gaviotas. La ventana es mi cordón umbilical con el mundo. Es mi esperanza y mi desesperación. La amo y la odio.

Hay días en que me agarro de las asperidades de la piedra y, con tremendo esfuerzo, me asomo al inmenso mar, con un campo de visión míseramente reducido. Escucho los chillidos incesantes de las aves marinas, pero sólo a veces veo sus blancas alas surcar el azul infinito. Entonces, para sentirme menos solo, guardo un puñadito de la comida más indecente y saco un brazo para ofrecérsela a las gaviotas.

Únicamente en los días contiguos al solsticio de invierno, los rayos del sol entran directos por la claraboya, dibujando un cuadrado de luz en la pared opuesta.

La ventana es un agujero por el que no cabe mi cabeza, abierto a unos dos metros de altura del suelo en la piedra vetusta del grueso muro de la cárcel del puerto.

Cuando haya contado el solsticio número veinte, en el pleno corazón del invierno, volveré a salir a la calle. Tendré casi cincuenta años. Deambularé por una ciudad que no reconoceré, que no me reconocerá.

Miro por la ventana.

Me muero por salir, pero sabré esperar.

Saldré para esperar a la muerte allá afuera.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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