Las mentiras de las muñecas

La mujer está sentada en el suelo, en el centro de la habitación. A través de las persianas, las sombras cortan sin piedad superficies y contornos. Bailando al compás del silencio de la casa vacía, la vida descarada se desnuda delante de ella. Así, sin traje ni maquillaje, la mujer siente que no la reconoce y no se atreve a mirarla a los ojos.

Vuelve la cabeza hacia la repisa desde la cual, entre libros, cuelga su muñeca de trapo. La abuela se la había regalado el día en que nació. En ese entonces, ambas medían unos cincuenta centímetros y compartían la misma cuna. Pero pronto, la niña de carne y hueso aprendería a caminar y a correr, mientras que su hermanita de trapo se quedaría para siempre sentada en una repisa. Sus piernas, largas y blancas, nunca alcanzarían a sujetar el peso de su cuerpo.

La mujer siempre ha detestado a las muñecas, especialmente aquellas que tienen los ojos móviles. Esas miradas redondas, esos pestañeos mecánicos, esos trajes de terciopelo bordado son cosa de película de terror. Sin embargo, la de trapo es distinta. Nada pretenciosa, ha llevado puesto toda su vida el mismo vestido de cuadros blancos y azules que le habían cosido encima al nacer. Su pelo, ni rubio ni satinado, es una mata de gruesos hilos de lana roja, que caen sobre la frente en desordenado fleco. Los ojos son dos botones negros cosidos sobre dos óvales de fieltro blanco. Su piel, ni de porcelana ni de plástico, sino de tela, es la única que ha acusado el paso del tiempo. Por todo esto, la muñeca de trapo sería la única en salvarse del saco de los juguetes que un día partieron camino al orfanato en busca de una vida nueva.

Cuchillos de luz traspasan sin piedad las persianas de la habitación. La muñeca de trapo cuelga de la repisa, la de carne y huesos yace en el suelo. Deseando ser de trapo para no sentir, la mujer mira a la muñeca con resentimiento. Las muñecas son mentirosas y traicioneras, pues atrapan a las niñas en un universo de fantasía y después, a la hora de salir al mundo real, las abandonan a su suerte.

La muñeca de carne y hueso se levanta, agarra a la de trapo por uno de sus brazos amorfos y la tira contra el suelo. De la gaveta del escritorio saca las tijeras, largas y afiladas, de esas de película de terror. Acto seguido, introduce una de las puntas por debajo del vestido de cuadros blancos y azules y lo corta por la mitad. El tronco esponjoso de la muñeca de trapo queda al descubierto por primera vez. Tiene un color salmón pálido, uniforme. No tiene obligo ni pezones ni vello, sólo una costura que lo atraviesa a lo largo, desde el pubis hasta el cuello. La mujer arranca de cuajo las costuras que siguen sujetando el traje al cuerpo de la muñeca. La tela, gastada por el paso del tiempo, se desgarra un poco y de las heridas, aflora una gomaespuma amarillenta.

La mujer lanza a la muñeca desnuda contra el suelo y, aplastándole la cabeza bajo la palma de la mano, acerca las puntas de las tijeras a la costura que divide longitudinalmente el cuerpo de trapo, a la altura de las piernas. Sin piedad, penetra la tela, hundiendo la punta metálica en la entraña esponjosa. Poseída por un caprichoso sadismo, vuelve a extraer el arma y procede a deshacer con ella unos puntos de la costura. Por el agujero abierto en la tela, introduce la tapa de un lápiz, una goma de borrar y otros objetos que encuentra en el escritorio. La tela algo elástica intenta amoldarse al relleno. La mujer observa con frialdad el cuerpo ultrajado y desfigurado de la muñeca, luego la mira a los ojos, unos botones negros, inexpresivos. No siente pudor ni remordimiento. Las heridas se repararán con hilo y aguja, las manchas se borrarán con agua y jabón. Sólo es una muñeca de trapo.

De repente, una punzada traspasa las entrañas de la mujer absorta en su ritual perverso y las tijeras se le resbalan de los dedos. Cae de rodillas al suelo y se encoge sobre sí misma. Es mentira que los hombres no juegan a las muñecas. Lo hacen a su manera, con brutalidad y liviandad, como si sólo fuera un capricho. Lo hacen con impunidad, burlándose de la ineptitud de la justicia y de la indiferencia del mundo.

La mujer mira a la vida, inmóvil y desnuda frente a ella, en toda su crudeza. La mira directo a los ojos, implorándole que, de mujer a mujer, le revele un secreto, que le explique cómo seguir adelante. Le pide que sane las heridas de su cuerpo, objeto de un capricho perverso. Le exige que le devuelva, lavada con agua y jabón, su dignidad pisoteada por unos maleantes. No recibe respuesta. Mira a la muñeca de trapo destrozada sobre la alfombra. Empuña nuevamente las tijeras y apunta a la costura en la base del cuello. La sangre cae copiosa, manchando la gomaespuma desparramada y la muñeca de carne y hueso se convierte en trapo.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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