Montañas de papeles - (Sol)

—Tome asiento— invita el hombre con un movimiento amplio y gentil del brazo derecho. Con el otro sostiene la puerta, con la mirada acompaña a la candidata hasta la silla y la sigue.

—Buenos días… — empieza el hombre, moviendo montañas de papeles encima de su escritorio.

—Sol, puede llamarme Sol— se adelanta la mujer.

—¿Edad? — interroga el hombre.

—Sol y punto, es suficiente— bromea ella —De la edad, prefiero no hablar.

—Toda una dama— constata él complacido.

—Cuarenta— aclarara ella apresuradamente.

—No los aparenta, Señora— replica él sorprendido —Disculpe, ¿Señora o Señorita?

—Señora— puntualiza ella.

Las pupilas de él se posan en el dedo anular de la mano izquierda de ella. Al no encontrar nada, se deslizan hasta las últimas falanges, topándose allí con unas uñas sin pintar. Ni siquiera un brillito. Saltan entonces a la solapa de la chaqueta, para seguir deslizándose por los botones de la blusa, que apenas deja entrever las clavículas.

Mientras, Sol clava sus ojos en el enorme mapamundi que se despliega en la pared del fondo. El hombre está desconcertado. Se pregunta cómo una mujer puede atreverse a mirar de frente al Mundo, absteniéndose de lucir sus gracias. Entonces, desde lo alto de la montaña de papeles, recorre con la vista la primera línea del documento y deja caer, como si fueran piedras, los nombres de la candidata: “Soledad  Helen Hernández Reynolds”.

—¡Por fin vamos a empezar en serio!— contesta ella con la mirada.

 —Reynolds, de su madre, supongo— interroga él —¿norteamericana, cierto?...Otra mentalidad, las mujeres de allá— divaga.

Sol se esfuerza por contener su ímpetu, se recuerda a sí misma que se lo habían recomendado como un tipo serio. Se detiene un instante para contemplar la insignificante figura del hombre encogiendo frente al perfil majestuoso de los continentes, hasta volverse transparente. Entonces, recorre con la mirada la espina dorsal continente americano, su gran viaje de vuelta al sur. Siente el calor de la voz de su padre hablándole de una tierra maravillosa y de decenas de primos con quien jugar. Sonríe y se atreve: “Entiendo que usted hace negocios con varios países de América y de Asia…”. 

—Así es, llevo treinta y cinco  años en esto— declara él, vanidoso y cansado, exhibiendo su pequeño imperio —mis hijos se van a hacer cargo cuando yo me retire…— y tiende hacia la mujer una foto de sus herederos —Bueno, los dos varones seguirán con el negocio de familia. Mi regalona es muy buena abogada, pero ya está esperando al segundo… Y usted, ¿tiene hijos?

—No— contesta Sol lapidaria.

—Helen Reynolds— repite él cautivador —es un lindo nombre…debería usarlo mejor, usted sabe cómo se mueven las cosas en este país. Helen Reynolds no es lo mismo que Soledad Hernández. Es un tema de categoría, no sé si me entiende…Usted no es chilena, ¿verdad?— no se contiene.

Sol devuelve la mirada al mapamundi y se acuerda de cuando les contaba a sus primos que ella tendría un gran trabajo y recorrería el mundo entero y les enviaría postales a todos, desde cien lugares distintos por año, por cien años más, y más. Muchos años más, mucho más.

Sol había nacido para mucho más.

—Le ofrezco un contrato de un año— la llama de vuelta al presente el hombre —Usted será mi asistente personal. Me ayudará con los proveedores extranjeros, que a mí los idiomas se me dan más o menos nomás. Trabajará usted media jornada, así le queda tiempo para la familia, si es que decide tener.

Sol se ve a sí misma, minúscula, perdida, entre montañas de papeles. Montañas de papeles que se le vienen encima, como avalanchas. Se ve enviando faxes, contestando el teléfono, traduciendo contratos, sirviendo cafés, haciéndose vieja.

—Lo voy a pensar— contesta y se levanta rumbo a la puerta.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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