Ojos sicilianos

Es primera hora de la tarde, un domingo de verano. Me siento en el suelo, para buscar alivio del calor.

De repente, me acuerdo de mi abuela, mujer de las de entonces, de las que esperaron a que su prometido volviera de la guerra para entregarle el resto de su vida. Mujer de esfuerzo,  destacada economista doméstica, bordadora de hilos de color y lazos de sangre. Artista de la pasta al horno, las berenjenas y los dulces de ricota.

Me miro, con casi cuarenta años, con demasiado trabajo, sin hijos, deportista, aventurera, egoísta. Pienso que el mundo ha cambiado demasiado en tan sólo dos generaciones. Sin remordimiento, concluyo que ha cambiado para mejor, para las mujeres.  Hasta mi abuela lo ha empezado a aceptar. Hasta mujeres de su misma sangre combativa tienen derecho a decidir pelear otras batallas, en el mundo de hoy.

Echada en el suelo de mi casa, un caluroso domingo de verano, siento la sangre palpitar en las sienes. Recuerdo los ojos negros de mi abuela, tan grandes, tan intensos. Ni el tiempo ha podido con ellos, ni la partida del nono. Aunque todos temimos lo peor en ese momento. Porque, pese a las discusiones encendidas, ella y el nono eran una sola alma.

Algo de eso tiene que ver con los ojos sicilianos. La sangre combativa. La entrega incondicional. Esos ojos profundos, vertiginosos. Esa energía que parece eterna. De esa que nadie cree que se va a acabar algún día. De esas cosas que son y punto, simplemente porque han impregnado tu existencia desde que tienes memoria.

Algo así, se me ocurre, sin nunca en realidad comprenderlo del todo. Porque la nona posee un lenguaje suyo propio. Su propia manera de entender, explicar el mundo y pelear el él.

Sentada en el suelo de mi casa de Santiago de Chile, a una decena de miles de kilómetros de la tierra natal de mi familia, busco en las baldosas  un poco de consuelo del calor de una tarde de febrero. El  gato, echado, me mira de reojo, somnoliento. Mi abuela dice que los gatos son traicioneros y ladrones. Siempre le robaban las gallinas a las que ella misma torcía el cuello. Mi abuela es mujer de campo. Del campo siciliano de la época de la guerra, donde la gente comía pan y cebolla. Donde la carne era un lujo al que nadie hacía asco, cuando había. Si es que había.

Hace poco más de un año que soy vegetariana. Es una batalla ideológica. Pienso que la ganadería y la pesca industrial están destrozando el planeta. No obstante, la última vez que visité a la abuela, hace tan sólo unos meses, comí canelones. Los canelones tienen carne. Pero son los canelones de la nona. No hay otros iguales en el mundo. Son una de mis raíces, si es que tengo alguna.

Se me ocurre que, de toda mi inmensa (y en buena parte desconocida) familia, he salido de la rama de los emigrantes. Eso también es un oficio. O, por lo menos, lo era. Hoy nadie emigra por necesidad, sino por capricho. No estoy segura. Yo creo que, simplemente, vamos escapando de otras guerras.

Recostada en el piso de mi casa en una tarde de domingo de verano, miro el computador y siento vértigo. Vuelvo a pensar en lo mucho que ha cambiado el mundo. Cuando yo era niña, todavía se escribían cartas. Y, hace poco más de un mes, le mostré mi casa a la nona, a través de la pantalla del computador, a una decena de miles de kilómetros de distancia.

Su rostro estaba demacrado, pero sus grandes ojos negros, brillaban con la misma intensidad con la que siempre los he recordado, desde que tengo memoria. Por un momento, creí que no era  verdad que se  estaba muriendo.

Creí estar preparada. No obstante, en esta calurosa tarde de domingo, me desplomo en el suelo. Acabo de leer un mensaje de mi padre. Hace unos minutos, la nona ha cerrado sus ojos para siempre.

En memoria de Angelina Sardo

25 de noviembre de 1926 - 9 de febrero de 2014.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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