Pasando el mate

    —Por favor, el número de matrícula de su vehículo, Señora…— ordenó perpleja la oficial del puesto fronterizo de Los Antiguos, en la Patagonia argentina, tras examinar detenidamente el morro de nuestro Suzuki Samurai.

    —KZ1773— contesté aún más perpleja, mientras, una vez más, procedía a ordenar los papeles necesarios para los trámites de aduana.   

Nos miramos de reojo, algo tensos, mi copiloto y yo. Un percance en la aduana era lo menos deseable a esas horas de la tarde.

    —Su placa está ilegible a causa del barro, Señora…—me aclaró amablemente la oficial al poco rato —Le recomiendo un buen lavado, en cuanto llegue a Chile. Que tengan buen viaje.  

    —Y ¡Qué viaje, aquél!—  suspiro, desparramando fotos en la mesa, ante los ojos curiosos de unos amigos a los que no había visto en mucho tiempo.

    El mate humeante me invita a continuar el relato.

    —Esa mañana— reanudo la narración —amaneció despejado después de varios días de lluvia torrencial, que había convertido el tramo de la Ruta 40 al sur del poblado de Bajo Caracoles, en un río de barro.    

    —No pueden imaginar lo que es Bajo Caracoles… es como un oasis en el desierto. Con su apogeo demográfico de unos treinta residentes, en plena temporada de verano, es la única y codiciada gasolinera en un radio de cuatrocientos kilómetros …— les cuento a mis amigos pasando el mate —…allí el horizonte se difumina en la lejanía, igual que en alta mar.

    —Bueno, pues esa mañana— continúo sorbiendo el mate que me llega de vuelta  —nos despertó el silencio.

    Pensamos que debería haber nevado abundantemente, pero al deslizar con dificultad el cierre congelado de la tienda, nos sorprendió la escarcha. Quedamos inmóviles, respirando despacio, casi para no estropear la frágil perfección de esa miríada de diminutas agujas de hielo.

 El sol y el viento se encargaron de barrerlas una hora más tarde, dejando al desnudo una pampa desolada y polvorienta. Nadie ni nada nos estaba esperando en ninguna parte. Una miríada de posibilidades se desplegaba a diario en nuestra mente, como un manto de escarcha sobre la tundra. Pero, igual de frágiles y efímeros, nuestros planes se disolvían sistemáticamente a los pocos kilómetros de retomar el camino, con el primer rayo de sol o la primera ráfaga de viento. Estábamos a la deriva en tierra firme.

Miro el mobiliario precario a mi alrededor. Han pasado años. Después de tanto ir a la deriva, cuesta mucho echar el ancla.

   —Gracias— concluyo devolviendo el mate al cebador e indicando así, según la tradición, que no quiero tomar más.

 

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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