Semilla voladora

    —Vine a buscar fortuna, señor— contesto al curioso de turno.

    Inclinando la cabeza a modo de disculpa, esquivo la mirada perpleja de mi interlocutor y, en un vaivén de manos y traseros, vislumbro la silueta cristalina de una copa de vino. Avanzo firme hacia ella, la tomo, me cuelgo e, inmediatamente, siento que me elevo por encima de esta sala repleta de gente, de las ruinas industriales de esta cuidad polvorienta, del desierto más desierto que se pueda imaginar, de un mundo que todavía me sonríe con desconfianza.

Ligera, cruzo el umbral de la terraza del hotel, donde el rugido del mar mantiene a raya el zumbido de las conversaciones forzadas y de las palabras de cortesía. Me apoyo en la barandilla, asomándome al encuentro con el océano, puerta entreabierta sobre un mundo que jamás había pensado tener que dejarme atrás, hasta aquel día en que el mar me devolvió un eco de premoniciones remotas.

Yo quería ser astronauta. Para ello, entrenaba con unos globos de helio, unos objetos livianos y unos paracaídas que yo misma fabricaba. Había instalado una lanzadera en la terraza el piso de mis padres, donde las simulaciones de vuelo llenaban las interminables tardes de verano. En una de esas, una esfera blanca y etérea bajó a visitarme. En un primer momento, quedé estupefacta. Después, pensando que fuera un bicho, corrí y salté hasta el agotamiento, intentando atraparla.

    —Es una semilla— me explicó mi madre, para tranquilizarme. Comprendí entonces que no todas las semillas habían de caer de la rama al suelo por efecto de la fuerza de gravedad, sino que había algunas que podían escoger su lugar. Sin embargo, nunca  se me había llegado a ocurrir que las semillas voladoras también podían ser arrancadas por una ráfaga de viento inesperada.

    —Aquí no será— me reveló el mar aquel día. Me vestí de melancolía, de esas que uno se lleva puesta toda la vida. Me entregué a la suerte y ésta premió mi osadía. Acepté un trueque absurdo, en que lo cambié todo por un espacio inmenso. ¿Para qué?

Para andar, luchar y crear.

Mi copa de vino está vacía. Ante el miedo a que el mar decida soltarme otra verdad incómoda, vuelvo a entrar al salón del evento y la mirada se me tropieza con mi interlocutor, quien responde con una sonrisa estirada.

    —¿Qué te voy a estar contando yo de semillas voladoras y astronautas colgados de globos de helio?— me digo para mis adentros —...mejor lo dejamos en que he venido a buscar fortuna.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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