Aves de paso

Aguas y tierras dormidas. Arropadas por la nieve y los rayos tumbados del sol de invierno. Los pocos que se asoman entre las nubes, también dormidas. Respiro apenas, para no despertarlas.

Cuellos negros, sinuosos, hileras de motas pardas, otras blancas y grises. Se deslizan de manera imperceptible, sin alterar su configuración. Sin perturbar la superficie del agua, en la que el cielo se contempla a sí mismo, en silencio, sin respirar.  Cisnes, patos, gaviotas. Diría que están suspendidos en el aire, si no fuera porque tienen las alas recogidas.

Los barcos pesqueros varados en el cielo. Así las boyas, de ese anaranjado desteñido por el sol, flotando entre hilachas de niebla. Y, mágicamente, algo inexplicable: una de ellas se transforma en una flecha, roja y negra, disparada hacia quién sabe dónde. Al cabo de unos segundos, un batallón de arqueros sumergidos dispara al unísono. Dos, tres, cuatro, doce flamencos. Visitan el fiordo sólo en invierno. Unos vuelven, otros se van para no volver, como la vida misma.

Una pareja de paseo por la orilla. Él de blanco y gris, como el invierno. Ella de café y naranja, como el otoño. Se quedan quietos, uno al lado del otro, mirando al infinito. Caiquenes. Volarán juntos hasta el fin de sus días.

Me froto las nalgas al levantarme, como para revivir las piernas desde sus raíces. Llevo más de una hora sentada en este banco. Recojo el diario que alguien abandonó, seguramente en la mañana, que es cuando la gente lee el diario. A estas horas de la tarde, sólo sirve para prender la leña. Jamás se me ocurriría leerlo, menos un domingo.

Título, en portada: “La mata y se quita la vida”. Otro crimen pasional… ¿Femicidio? Detesto esa palabra. No quiero seguir leyendo.

Bajada de título: “Pareja de la tercera edad, sin hijos ni antecedentes de violencia intrafamiliar…”. No puedo evitar seguir leyendo. Dos balazos. Premeditado. Calculado con la frialdad de quien no tiene nada que perder. El primero para ella, quien llevaba años postrada. El segundo para él, quien ya no podía seguir cuidándola como alguna vez prometió. Hace más de cincuenta años.

Reflexión obligatoria: “Ésta es la sociedad que construimos”. Rabia. Doblo el diario y me lo clavo bajo la axila. Con la otra mano me froto el hombro opuesto. Pena. El alma desnuda tiene frío. Tirita.

Somos aves de paso.

Sigo a los caiquenes en su imperceptible deslizarse. Amor incondicional. Alivio.

Volaron juntos hasta el fin de sus días.

 

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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