Elvis vive

Lo confieso: yo también lo he creído. El invierno y yo acabábamos de llegar a la ciudad. Una alfombra de hojas cubría la acera, desprendiendo olor a tierra húmeda. Salí a la calle armada de desconfianza y de mi fiel mapa. En el reverso de éste, había anotado los números de todas las micros  que recorrían mis trayectos habituales. Envuelta en un chaquetón de lana, con la capucha colgándome sobre las pestañas y las manos apretadas en los bolsillos, caminé las tres manzanas que me separaban de la parada. Ya estaba lejísimo de la casa. En la ciudad, hasta las distancias más insignificantes se me hacían enormes.

Usando todos los cuidados posibles para no parecer turista, saqué mi itinerario de viaje  con disimulo y espié de reojo el número de la micro. Volví a meter la mano al bolsillo y esperé unos minutos. Nuevamente saqué la mano del bolsillo, mordí un cigarrillo y lo prendí. La primera bocanada de humo me dio asco y, casualmente, me acordé de aquella vez que mi madre me pilló una cajetilla en la mochila y se puso furiosa. Yo debía tener entonces  unos dieciséis años. La cara de mi madre estaba desencajada, pero, desde la pared, el hermoso retrato de Elvis que yo misma había pintado para ella, me sonreía con eterna complicidad.

Finalmente, avisté una micro que venía bajando por la avenida a una velocidad imprudente, sorteando cuanto vehículo se le cruzara por delante, parando para recoger a cualquiera que levantara el brazo, sin importar que estuviera en la acera o en medio de la calzada. De inmediato, tiré la colilla  que ya me estaba quemando los dedos y conté las moneditas, preparándome para el abordaje.

“El Furioso”, con su nombre escrito en letras doradas sobre una flamante cortina de terciopelo rojo, clavó el freno delante de mis narices, en un pintoresco ondear de flecos y muñecos colgados de resortes fluorescentes. Entre empujones, deposité las monedas en la mano del conductor, quien, haciendo honor al nombre de su vehículo, volvió a pisar sin piedad el acelerador, mientras controlaba, cobraba y contaba.

Agarrada a dos manos, concentraba todos mis esfuerzos en no marearme y no caerme, cuando, de pronto, las cuerdas de una guitarra vibraron nítidas como espadas y traspasaron el corazón de “El Furioso”. A los pocos segundos, tronó una voz profunda, inconfundible, entonando “It’s now or never”. Desgrané los ojos y levanté la cabeza. Elvis tenía que estar ahí, entre los pasajeros, con su traje de flecos, bailando al unísono con las decoraciones horteras de “El Furioso”. Se me erizaron los pelos. Mordida por un pudor absurdo, me aguanté las ganas de pestañear durante varios minutos, para que no se me cayeran las lágrimas. Todavía no sabía que en la ciudad la gente nunca levanta la mirada, aunque se le aparezca delante el mismísimo Elvis.

“El Furioso” pegó el frenazo final, clavándose al frente de la parada del metro que lleva directo al centro. Al despejarse la multitud, un viejito moreno y grácil se asomó desde una guitarra que le quedaba demasiado grande. Incrédula, deposité en su mano tendida las pocas monedas que me quedaban y, con una mirada cómplice, proferí un sincero agradecimiento, antes de desembarcar de “El Furioso”.  

Al pisar la acera, me temblaron las piernas. Elvis había envejecido.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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