Mazapán

Tengo la nariz larga. Herencia genética que maldigo en mis adentros todas las veces que he de aplastar mi perfil prominente contra la ventanilla del avión. Por colmo, justo esta vez me ha tocado el asiento encima del ala que, burlona, me tapa la vista durante el descenso, dejándome apenas atrapar fotogramas inconexos de tierra y mar.

Molesta, vuelvo la mirada a la hilera de claraboyas que se despliega en cada costado de la aeronave y pienso que para nada hace honor al grandioso privilegio de volar.  Acto seguido, observo el artífice del milagro, encerrado en su vaina metálica, reluciente en el azul infinito. Entonces, por un instante me olvido del obtuso campo de visión y me dejo deslumbrar por el poder sobrenatural de la propulsión a chorro.

    —¡Qué gracioso!— pienso —He volado ya varios cientos de miles de kilómetros, y siempre, en cada vuelo, ha habido un momento para pensar en la potencia del motor a reacción, en la pequeñez de la ventanilla y en el tamaño de mi nariz.

Hay pocos trayectos que he recorrido una única vez y uno de ellos ha sido el primero.

    —¿Qué me estaría contando mi abuelo en aquel entonces?

     De mi memoria sólo destilan fotogramas incoherentes: colinas resecadas por un verano incansable, magníficas y coloridas esculturas de mazapán, aquella mesa larguísima de interminables almuerzos, templo sagrado al que acudían a diario cuatro generaciones. Veo a mi abuelo sentado a mi lado en el avión y en el autobús, contándome historias que no puedo recordar. Veo los ojos opacos de una viejecita diminuta, centenaria, envuelta en un chal negro, su madre. Hace veinticinco años.

Al desembarcar, me sorprende una tierra verde y florida. Será la primavera, será el cambio climático, será que llevo muchos años trabajando en el desierto.

Mi padre me solía contar que en primavera los campos se visten de rojo y ondean al viento. Echo a andar el automóvil y empiezo a recorrer una tierra a la que no reconozco, en busca de los campos de amapolas, de mis raíces al viento.

Desfilan impasibles ante mis ojos templos y teatros, palacios y catedrales tapizados por  mosaicos de oro, todos vestigios de gloriosos imperios que aquí han cruzado sus destinos durante más de dos mil años. Demasiada historia, demasiadas historias en medio de las cuales no puedo encontrar la mía.

Kilómetros de campos sin amapolas me llevan de vuelta a aquella mesa larguísima, templo sagrado de mi familia, donde generaciones enteras han cruzado sus destinos durante décadas. En el acto final de la solemne celebración se levanta el telón sobre la bandeja de los dulces y ahí están, coloridas y magníficas entre las delicias, las esculturas de mazapán.

Me vuelvo y mi abuelo ya no está sentado a mi lado.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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