Nubes en el cielo - (Gran reunión final)

Carolina acaba de lograr algo increíble. Después de años, ha reunido a toda la familia dentro de un bote que va bordeando la costa de la Isla de Pascua, rumbo a su extremo suroccidental. Sólo falta la abuela, quien, a sus ochenta y tantos, se ha declarado ya no apta para estos trotes. Ha venido hasta la “tía Helen” (así le dice Carolina a la madre de su hermana Soledad), con su eterno aire de turista y sus ojos transparentes. Aún así, lo más destacable de esta reunión es, sin duda, la presencia de Amanda, la hermana mayor, radicada en Francia hace más de dos décadas y quien, tras su última venida por la muerte de la mamá, había prometido nunca más volver a Chile. Para todos ellos, con la excepción de Soledad, es la primera vez en la isla.

Tras un malogrado intento de rehacer su vida en Chile, Soledad ha tomado recientemente la decisión de dejar el país, de vuelta a Norteamérica o rumbo a cualquier otra parte. Hace casi diez años, “la gringa” (así le dicen con cariño sus parientes) había llegado a Santiago cargada de títulos de estudio, historias  y esperanzas. No importa dónde ni cuándo, Sol (así le gusta a ella misma abreviar su nombre) siempre ha sido una forastera buscando fortuna. Para ella, la vida es como el océano, donde todo está irremediablemente conectado. Por lo mismo, no han faltado las oportunidades en las que Soledad ha envidiado en Amanda la capacidad de ver la vida como una estantería de libros organizados en sendos compartimientos, donde todo ocupa un espacio y un momento preciso. Amanda es altiva y arisca como una montaña: sin remordimientos quiere y se deja querer lo justo y necesario. Lo único que hace en forma desmedida es trabajar. Sol, en cambio, siempre ha sido de amar sin límites y trabajar lo justo y necesario.

Desde que eran niñas, Sol se ha burlado de que su hermana mayor tiene más cara de gringa de que ella, despertando así la hilaridad de todo el mundo, menos del papá. Él y Luz eran una sola alma hasta que sus ideales de igualdad y justicia fueron triturados por la persecución política. Juan logró escapar a Europa y, durante un tiempo, vivió la ilusión de una nueva oportunidad. Allá los refugiados políticos chilenos eran acogidos como héroes. Allá Juan conoció a Helen, una estudiante norteamericana, viajera despreocupada, de ojos transparentes, quien no tardó en dejarse cautivar por el pintor de sueños revolucionarios. Luz quedó al cuidado de Amanda y envejeció prematuramente, consumida por la pesadilla de la tortura.

Años después, Juan volvió a Chile, manteniéndose en la clandestinidad durante un tiempo. Luz le reclamó la ayuda que le correspondía, pero él se negó, insinuando que Amanda no era su hija. Al cabo de un tiempo, Juan, consumido por la culpa, recapacitó y resolvió dedicar lo que le quedara de vida a reparar ese trágico error. Empezó por pintar un cuadro, armar un caballito de madera y tocar a la puerta de Luz. Fueron de nuevo una sola alma, hasta que, por fin, volvió la democracia. Entonces nació Carolina.

Por mientras, Amanda se había adjudicado una beca en Europa. Fue así que un día, Juan y Luz se miraron a los ojos y se dieron cuenta de que su batalla había terminado. Fiel a sus propósitos, Juan pidió la custodia de la pequeña Carola, quien se convertiría en su única razón de vida. Luz se hizo a un lado y nunca más volvió a hablar de hombres ni de política. Los fantasmas se insinuaron entonces por sus células agotadas, que ya no resistieron la fatal acometida del cáncer. Combatiente irreducible hasta el final, Luz decidió no entregarse al enemigo. Hasta hoy, Amanda no la ha perdonado.  

Hace poco más de un mes, Juan salía de la casa muy temprano por la mañana, rumbo al centro para hacer unos trámites. Siempre que se dirigía al paradero de la avenida, se detenía a admirar una pintura mural, en la que el rostro de la indiecita tanto le recordaba a la Luz de su juventud. Esa mañana le sorprendieron dos rayas rojas surcando el rostro de la joven. De pronto, Juan era presa de una angustia insoportable. Él está firmemente convencido de que el tiempo le ha entregado la sabiduría para descifrar el leguaje oculto del mundo. Amanda se burla de que, con la edad, el viejo se ha puesto supersticioso.

A los pocos días, en la cordillera, una avalancha se desprendía de lo alto de una montaña. La ola de nieve se deslizaba cientos de metros ladera abajo, arrastrando consigo a la cordada que esa mañana intentaba la cumbre. Tras un intenso operativo de búsqueda, el cuerpo de Soledad Helen Hernández Reynolds era trasladado a Santiago de Chile, donde  se procedía a su cremación. Durante largas noches insomnes, Juan pintaba en la amplia fachada de su edificio una ventana que mira al mar. Desde ahí, cada día, el espíritu de su hija huye del gris de la existencia convencional para diluirse en la gran alma del mundo. La hermana menor, Carolina Luz Hernández Rodríguez organiza una ceremonia familiar para esparcir las cenizas de Sol en las aguas del océano, frente a los islotes sagrados de Rapa Nui.

Juan se vuelve hacia Helen, sentada en la parte trasera del bote. Siente un impulso irrefrenable de echarse a llorar en sus brazos, pero se da cuenta de que la  batalla ellos dos acaba de terminar. 

Carola mira hacia arriba, para que no se le caigan las lágrimas. Al final, tiene que ser como dice la abuela: las penas (y los amores) llegan, pasan y se van, pero siempre vuelven, y siempre vuelven a pasar. Igual que las nubes en el cielo.

Nota para el lector

Para poner algo de orden en el entretecho, los textos han sido apilados desde abajo hacia arriba, en el siguiente orden: La isla azul, Álbum de fotos, Mitos urbanos, Retrato de familia y Más cachureos...

La pila de trastos está justo acá abajo. Te invito a buscar y desempolvar...

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